MI FUERZA ESTÁ EN EL SEÑOR

“Fortaleceos en el Señor y en el poder de Su fuerza” (Efesios 6:10)

El creyente, como una copa sin pie, no puede mantenerse solo ni mantener lo recibido si Dios no lo sostiene en sus manos fuertes. Sabiendo esto, Cristo, a punto ya de subir al Cielo y dispuesto para dejar a sus hijos, pidió que el Padre los cuidara en su ausencia: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre” (Jn. 17:11). Es como si dijera: “No se les puede dejar solos. Son niños débiles y pobres incapaces de cuidarse. A no ser que los sostengas con fuerza y los tengas siempre bajo tus ojos, perderán la gracia que yo les he dado y caerán en la tentación; por tanto, Padre, guárdalos”. 

Hasta en la adoración, nuestra fuerza está en el Señor. Considera, por ejemplo, la oración. ¿Queremos orar? ¿Dónde en contrar temas de oración? “Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos” (Ro. 8:26). Por nuestra cuenta, pronto nos meteríamos en alguna tentación, y oraríamos por aquello que Dios sabe que no debemos tener. Para protegernos, entonces, Dios pone las palabras en nuestra boca (Os. 14:2). Pero sin algún cálido afecto que deshiele el grifo del corazón, las palabras se congelarán en nuestros labios. Podemos buscar en vano en los pasillos del corazón y en los rincones del alma sin encontrar ni una chispa en nuestra propia estufa, a no ser un fuego extraño de deseos naturales, que no servirá. No; el fuego que deshiela el frío corazón debe venir del Cielo: un don del Dios que “es fuego consumidor” (He. 12:29). 

Se nos ha mandado escuchar la predicación de la Palabra, ¿pero de qué serviría si Dios no nos abriera los oídos del entendimiento? Durante seis meses David escuchó hablar de la ley sin conmoverse. Entonces Dios, por medio de Natán, removió los rescoldos de su corazón; la Palabra cobró vida y David se arrepintió. Todo lo dicho antes de la intervención de Dios puede que fuera bueno y verdadero, pero David permaneció frío y pasivo hasta que el Espíritu removió los rescoldos de su entendimiento y prendió el fuego santo. Entonces su corazón ardía mientras Dios hablaba. Lo mismo sucede en nuestra experiencia. Primero el Espíritu de Dios remueve nuestro espíritu, y entonces sabemos con seguridad que nuestra fuerza está en el Señor. 

William Gurnell